miércoles 21 de septiembre de 2011

Miedo

Por primera vez, en todo el tiempo que llevo siendo profesor de secundaria, no soy tutor. Es una sensación rara, ya no tengo que tener entrevistas con padres, no tengo que poner notas en sobres, no tengo que echar broncas infinitas en la hora de tutoría, ni llevar la contabilidad de faltas y retrasos, ni llamar a los padres por teléfono...Ahora que me doy cuenta, creo que he salido ganando.

Pero por otra parte ya no tendré regalos estupendos por ser tutor, ni recibiré tanto cariño como he recibido en estos años de mis tutorandos, ni celebraré los cumpleaños en la hora de tutoría...

Bueno, seguro que el año que viene me vuelven a colocar la tutoría, ya me ha sorprendido este año, porque a K., siendo el gran coordinator, no se la quitaron. Yo creo que quieren ganarme para la causa. Y lo han conseguido, por supuesto. A mí quítame una hora de clase y una tutoría, y me pongo a los pies de quien sea. Un vendido, eso es lo que soy.

A pesar de que ya no sea tutor, no quiere decir que este año no haya recibido una nueva camada, como profepadrazo que soy. Me han venido unas cuantas criaturas nuevas a 3ª de ESO. Y me caen fenomenal. Bueno, una clase es un poco más peñazo, pero son majetes en general y les cogeré cariño. Sin embargo, a ellos les di miedo de primeras.

¿Miedo tú? Os preguntaréis muchos que me conocéis. Pues sí, les di miedo. Se lo dijeron a J., que imponía mucho, que empecé a exigirles cosas y a ponerme serio y que se acojonaron. Ya ves tú, pero si soy un trocico de pan. El caso es que yo creo que ya se les ha quitado, porque es cierto que, cuando salí de la primera clase, estaban todos como acojonaos, y ya en las siguientes clases se han ido relajando y ya he podido decirles barbaridades sobre todo lo que les gusta: que si El barco, que si Mario Casas, que si Crepújculo, que si Justin Bieber...Y en vez de enfadarse, se reían mucho.

Es lo que tiene, parezco un torrente y luego soy un arroyuelo lleno de paz, amor y armonía. Un locus amoenus hecho hombre.

Hablando de locus amoenus, el pasado sábado decidimos salir de la ciudad e irnos a la montaña a pasar el día, en concreto a Becerril de la Sierra. Allí L. y P. realizarían una barbacoa por el cumpleaños del primero. Quedamos con S. en el Páuramo y fuimos charlando todo el camino hasta llegar a tan pintoresco enclave rodeado de las montañas de Navacerrada. Ya nos esperaban allí todos, incluídos los dos churumbeles de los anfitriones, que están cada día más ricos.

Nos llevaron a un sótano del edificio, preparado para hacer barbacoas. El local fue adecentado en los 80 y eso se notaba en la decoración de las paredes: estaban empapeladas con periódicos y revistas de los años 80, pero lo curioso es que no eran españoles sino finlandeses, marroquíes, rusos, ingleses, franceses...¿De dónde lo sacaron esos domingueros de sierra? No lo sabía ni el propio L., que pasó su infancia allí. El caso es que esta decoración nos tuvo fascinados y entretenidos toda la mañana, mientras S., para variar, preparaba el fuego.

Como la chimenea no tiraba demasiado, el humo nos llegaba todo a nosotros, con lo que acabamos con un olor penetrante a humo y a grasa, olor a hoguera gitana, que se dice. Cuando ya no podíamos respirar, decidimos abrir la puerta que da al portal, de manera que todos los vecinos pudieron disfrutar del olor a panceta y a humareda. La comida, os podéis imaginar, muy propia de la dieta postvacacional: chorizos, morcilla, panceta, costillas bien saladas...También había brochetas de verduras, pero eso no cuenta después de toda la cantidad de grasa ingerida. Y deliciosa que estuvo la barbacoa, eso sí.

Tras la comida, estábamos a reventar y decidimos ir a dar un paseo por el campo. Al haber hecho un calor infernal desde agosto hasta ahora, el campo era un secarral inexpugnable, pero eso no impidió que llegásemos a un pinar, donde pudimos descubrir el sitio donde los aborígenes (¿becerros? ¿becerrileros?) van a plantar un pino, aka cagar. Ante semejante panorama, nos fuimos de vuelta a la casa a charlar y a hacer estúpidos juegos de magia con números, porque a S. le dio por ahí. Ella es así, lo mismo le da por hacer un curso de payasa, como de magia, como apuntarse al CCC para aprender guitarra. Ah no, que eso no fue su culpa, ya que L. le apuntó sin que ella lo supiera.

Volvimos a Madrid y decidimos hacer una reunión en nuestra mansión del Páuramo, cenar comida asiática del Xing (el palacio oriental pauramesco) y ver una película bizarra coreana: Salvad al planeta tierra. En ella, un chiflado coreano, obsesionado con los ovnis, decide secuestrar a una especie de Emilio Botín de Corea del Sur porque dice que es de Andrómeda. Lo mete en el sótano de su casa de la montaña y lo tortura sin parar, hasta que confiese su auténtica identidad. El psicópata asesino (lo ha hecho en otras ocasiones) recibe ayuda de su novia, una feapop equilibrista en un circo. Menudo circo montan estos dos. Tremenda. Dos horas y media después, se soluciona todo, ¿cómo? Pues ya sabéis, a verla. A nosotros nos costó un poquito, no sé si por el cansancio de ir al campo, no sé si porque era coreana.

Miedo no daba, ni siquiera mal rollo. Y es que hay algo en el mundo coreano que me da cierta ternura, incluso cuando son psicópatas. Qué curioso, ya hay pocas cosas en este mundo que me den miedo y yo empiezo a darlo a los demás.